Mexicanos del presente, del pasado y del futuro

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Este proceso electoral servirá —particularmente la campaña—, estoy convencido, para colocar en el centro de la agenda política nacional un tema eludido durante decenios: El futuro, y cómo sentar las bases para construirlo.

Hemos sido educados para ser mexicanos del pasado; vivimos para adorar ese tiempo que, la experiencia así lo deja ver, o lo adoramos y rogamos por su regreso, que sabemos imposible o lo vemos como un espacio en el cual cometimos muchos errores que no debemos repetir, y también, de muy pocas cosas que hicimos bien, las cuales, sin duda, deberíamos entenderlas a cabalidad para repetirlas, adecuándolas —por supuesto— a las nuevas condiciones del país y del mundo.

En consecuencia, el tiempo que debería —al menos es mi opinión— dominar el actual proceso electoral es el futuro. Sin temor alguno, debemos plantearnos qué futuro queremos para los que vienen; qué bases debemos empezar a sentar, para que sean los cimientos de ese mejor futuro del cual nadie quiere hablar.

Unos, o de plano le temen porque hay que estudiar, trabajar duro y vivir de manera austera durante decenios, y otros, ambiciosos, impacientes y corrompidos hasta el tuétano, al vivir a la espera de su oportunidad para enriquecerse, nada quieren saber de ese tiempo que exige mucho, menos hacerlo suyo de manera decidida porque, lo saben bien, les impediría el enriquecimiento ofensivo y rápido a la vez que impune.

¿Quiénes de los que hoy aspiran a un puesto de elección popular —en el orden local como el federal, sea en el Ejecutivo o el Legislativo— nos han hablado clara y decididamente del futuro? ¿Quién ha dicho algo respecto de lo que se avecina? ¿Quién de los seis que aspiran a la Presidencia de la República ha mencionado lo que pondría en práctica, sin dejarse impresionar por lo impopular y doloroso de las medidas?

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Si uno revisare la historia contemporánea —desde el año 1945 a la fecha—, encontraría algo por demás curioso. Los países que hoy exhiben logros que nos parecen inalcanzables, durante decenios —a partir de aquel año— trabajaron, ahorraron y practicaron una vida austera teniendo como guía la construcción de las bases de un mejor futuro para las nuevas generaciones.

Con esa visión, Alemania, Japón y Corea — sólo por dar tres ejemplos— se muestran como el modelo a seguir. Sin embargo, en países como el nuestro pensamos, porque así fuimos educados, que todo eso es alcanzable en la holganza y basta con extender la mano para pedir dádivas y subsidios.

Hoy, en América Latina, pensamos que las palabras del sinvergüenza y el populista incapaz son la verdad; que sus promesas son perfectamente viables sin tener que trabajar, ahorrar y llevar una vida austera. Tomamos como verdades axiomáticas promesas de felicidad eterna y la entrada segura al paraíso sin pagar boleto.

Con sus mentiras buscan engañar a decenas de millones de incautos que piensan, erróneamente, que por haber vivido durante decenios del gasto público, siempre será así. Esos oportunistas son hábiles en la construcción de sus mentiras, las cuales, los que desean seguir como a la fecha, las aceptan acríticamente.

El despertar, si no corrigen éstos últimos su error —querer vivir siempre del gasto público, y las dádivas y subsidios— será doloroso. La realidad, no lo dude, pronto llegará a cobrarnos tanto dispendio. Ojalá que en ese momento reconozcamos que fue nuestra culpa, no la mala suerte ni el neoliberalismo, sino nosotros, los mexicanos todos.

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