¡Choque de trenes… ¡Perdón, choque de aviones!

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La construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM) se ha convertido en un tema central de las campañas presidenciales debido a la promesa del candidato que va arriba en las encuestas, López Obrador, quien cancelaría este proyecto de ganar la elección. Desde el punto de vista económico, sería una locura. No así, quizá, desde un punto de vista político para el tabasqueño.

Cancelar el aeropuerto sería un error económico porque esta capital requiere un aeropuerto como el que se está construyendo: grande, moderno y financieramente sustentable. El actual es, por donde se vea, una vergüenza: un monumento a los parches, saturado y que, para colmo, huele a mierda (perdón por la palabra, pero no hay otra). Hace muchos lustros, desde el sexenio de Salinas, la CDMX debió haber construido una nueva terminal aérea.

La crisis de 1994-1995 nos salvó temporalmente por la caída en la demanda de servicios aéreos. Ya con Fox, el aeropuerto actual se saturó otra vez, pero el Presidente, asustado por unos machetes, reculó y canceló la construcción de uno nuevo. Tuvo que llegar Peña, muchos años después, para recuperar la idea. El NAICM urge.

Lo mejor de todo es que puede ser un negociazo. Por varios lados se puede generar flujo de efectivo que pague los costos de capital y operación y hasta produzca utilidades. Para empezar, la CDMX tiene uno de los impuestos más altos del mundo para los que viajan en avión. De ahí sale una muy buena lana. Luego está todo el tema comercial. Hoy en día los aeropuertos son centros comerciales con alto tráfico de un segmento pudiente y, por tanto, tremendamente rentables. Finalmente, a su alrededor se pueden generar extraordinarios negocios de bienes raíces.

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No es gratuito, por tanto, que la actual obra se esté financiando 70% con capital privado vía bonos. El gobierno sólo está poniendo el 30% restante. Es ahí donde entra la idea que lanzó Carlos Slim: en lugar de que sea el gobierno el encargado de construirlo y operarlo, que se concesione al sector privado. El modelo ya existe y con mucho éxito. La mayoría de los aeropuertos del país así operan y bien. El de Cancún, por ejemplo, es una mina de oro muy funcional para los pasajeros (recientemente se inauguró una nueva terminal de clase mundial).

Si a AMLO le disgusta el NAICM, pues que lo concesione. De hecho, cuando reaccionó a las declaraciones de Slim, dijo que, si tanto quería el empresario construirlo, pues que lo hiciera con su dinero y que él se lo concesionaría. Perfecto. Pues ahí está la solución: que se privatice el NAICM vía una concesión del Estado.

La cancelación, insisto, sería una locura económica por muchas razones. Quizá la más importante es que, para cuando López Obrador tome posesión en diciembre, si gana, ya habrá entre tres y cinco mil millones de dólares invertidos en el terreno. Cancelarlo significaría hundir estos costos. Si de por sí este país invierte cacahuates en obras públicas, sería un pecado desperdiciar estos recursos desde el punto de vista económico. A ellos, por cierto, habría que sumar todas las penalizaciones que cobrarían los contratistas y las demandas de los tenedores de bonos.

Una locura económica, pero que podría tener una razón política. No creo que la promesa de cancelar el NAICM sea un tema que mueva al electorado. ¿Por qué, entonces, la insistencia de AMLO? Pienso que detrás de esta idea está la posibilidad de que, pierda o gane, el asunto se convierta en un litigio jurídico y político de corrupción en contra del gobierno actual de Peña. Yo no sé cuánta corrupción existe en la obra que se está construyendo, pero muy probablemente, a posteriori, se encontrará alguno que otro abuso multimillonario. Así juegan los políticos de Atlacomulco: a enriquecerse personalmente a partir de la obra pública. En este sentido, López Obrador se está guardando la carta del NAICM para perseguir al presidente Peña y algunos de sus colaboradores si así le conviene en el futuro, gane o pierda la elección. Por eso, creo, la terquedad de cancelarlo.

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Además, ya no puede recular con su promesa. Hacerlo mandaría la señal de que está dispuesto a negociar su agenda de gobierno que tanto emociona a parte del electorado. López Obrador perdería credibilidad. Echarse para atrás no es un lujo que puedan darse los candidatos, es un lujo para los que ya están sentados en la silla presidencial.

Esperemos no ver ese choque de aviones, por el bien de la economía mexicana.

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