Yo viví el 2 de octubre, nadie me lo contó

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Yo estuve el 2 de octubre en Tlatelolco y es la primera vez que escribo sobre mi vivencia del 68 aunque muchas veces he hablado de ella. Voy a empezar comentando que por esas fechas estudiaba en la Facultad de Ciencias de la UNAM y cursaba el tercer semestre de la carrera de Física. Mi desempeño en ella lo considero bueno a secas, nada sobresaliente, ni sombras de los resultados que obtenía en el CUM, aunque dedicaba cinco horas diarias de estudio independientemente de las horas de clase normales. Me costaba mucho trabajo. Jugaba tenis regularmente y nadaba todos los días para contrarrestar mis problemas de rinitis crónica. Además, tenía novia.

En ese ambiente de ocupación de mi tiempo al cien por ciento, nada del otro mundo, aparecieron en la facultad los primeros brotes de inconformidad por la manera como fue repelida una manifestación callejera de estudiantes y simpatizantes del “movimiento 26 de julio”. Los primeros defendían los derechos de expresión de los estudiantes, y los segundos, la revolución cubana contra el imperialismo yanqui. Durante las manifestaciones había actos vandálicos contra la sociedad civil, el gobierno actuó como siempre lo había hecho, sin miramiento alguno y con macana en mano. Se encendieron más los ánimos y lo que era de esperarse, hubieron heridos, muchos daños a inmuebles y múltiples detenciones. Había estallado una bomba. Así lo percibía yo, amigo lector, y la mayoría de mis compañeros.

El tono de las inconformidades contra el gobierno fue subiendo y de repente teníamos en nuestros pasillos y aulas, gente de otras facultades de la UNAM y del Poli, como llamábamos al IPN, hablando de cosas que nunca habíamos escuchado allí. El hecho de tener esa gente incrustada en nuestro ambiente estudiantil y, sobre todo, muchos pseudo estudiantes permanentes, mejor conocidos como “fósiles” que llevaban si acaso una materia por semestre y, por otro, personas dedicadas a la agitación “antiimperialista” que militaban en el partido comunista, me hizo dejar mis libros y tomar unos plumones, cartulinas y empezar a escribir mi punto de vista; unas glosas estudiantiles.

Los textos de mis desplegados que pegaba en todos los descansos de las rampas de la facultad, eran respetuosos y sobre todo genuinos, eran respuesta a mi primera impresión de lo que ocurría: de rechazo a la injerencia de gente externa de nuestro grupo de estudiantes. No quedó ninguno de mis carteles pues fueron arrancados cuando se tomó el campus de CU; además, mi aportación no era gran cosa, la opinión de un simple estudiante, pero para mí, sí tenía importancia pues con valor expresaba abiertamente y por escrito, lo que pensaba. Libre expresión.

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Poco después el rector Barros Sierra invitaba a una marcha para defender la autonomía universitaria en contra del gobierno y de los intrusos que pretendían usarnos como carne de cañón para sus fines. Yo participé activamente en la manifestación del rector el primero de agosto, que salió de CU por Insurgentes, hasta Félix Cuevas, para regresar luego por Avenida Coyoacán hasta Ciudad Universitaria. La recuerdo perfectamente, con arengas no predeterminadas como “La autonomía no será lo que el viento se llevó”, que se gritaba a nuestro paso frente al cine Manacar, donde exhibían la clásica película con dicho nombre, y muchas otras, todas con referencia a líneas universitarias. Nada más. Esa fue mi actuación, digamos pública. Estaba confundido y abundo.

Rechazaba la injerencia gubernamental en los asuntos universitarios y también la de los agitadores profesionales, asimismo me daba cuenta que había un autoritarismo del gobierno, propio de regímenes dictatoriales. Yo creía que vivía en una democracia, pero estaba ciego a la forma de gobierno imperante; acababa de despertar. Después de eso, las clases eran esporádicas y nuestro auditorio se llenaba diariamente, pletórico de estudiantes que escuchábamos a los líderes aunque la mayoría no lo eran, y que hablaban básicamente contra la represión de las autoridades gubernamentales, y también del imperialismo yanqui, pero nada de asuntos estudiantiles, ni siquiera de la autonomía universitaria. Ya no era importante.

Durante semanas el entorno era el mismo, hasta que el 18 de septiembre el gobierno decidió tomar las instalaciones de CU con tanques de guerra del Ejército mexicano, su pretexto era que allí era el nido de los revoltosos que estaban en contra de la autoridad gubernamental. Así, con bayoneta en mano, apresaron a líderes y sobre todo a miles de estudiantes genuinos que estaban enterándose de lo que pasaba fuera de sus aulas. Yo me escapé, con mis amigos por la Facultad de Odontología y desde afuera vimos con espanto, cómo entraban los tanques para repeler la agresión de los muchachos que la mayoría no tenían más armas que sus plumones, carteles, y su boca, que manifestaban inconformidad; había, sí, en algunos sitios propaganda subversiva y armas pero era la mínima proporción; en la Facultad de Ciencias yo no vi nada de eso.

Mi confusión seguía, pues por un lado daba la razón a ciertos argumentos de los líderes, pero por otro, rechazaba la agresión del gobierno que canalizaba su enfado contra los simples estudiantes. Ese era el común denominador en muchos de nosotros. El rector renunció y en ese ambiente de inconformidad, se planeaban más reuniones de mayor tamaño; se acercaba el 2 de octubre.

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En efecto para ese día se llevó a efecto una concentración en Tlatelolco de la que supe por mis amigos, pero no teníamos la intención de asistir, tal vez medimos el peligro. El gobierno preparó el golpe definitivo con el binomio policía-Ejército, para acabar con la expresión estudiantil y la de todos los mexicanos, aunque no lo supieran y ni mucho menos lo aceptaran en ese momento. La ventaja era enorme, descomunal, bárbara, inconsciente, desigual.

Ese día por la tarde, salí de mi casa a recoger a mi novia y familiares, y nos dirigimos justo hacia Tlatelolco, pero no al mitin, sino a ver un espectáculo previo a la inauguración de la Olimpiada, llamado La Linterna Mágica, que presentaba el gobierno polaco, en un teatro contiguo a la Plaza de las Tres Culturas. Durante la función oíamos truenos y golpes de granizo a cada rato y pensábamos que afuera estaba cayendo una tormenta. Terminó la obra y cuando salimos al exterior, ¡oh sorpresa!, no había lluvia, ni relámpagos, pero seguían los ruidos como de juegos pirotécnicos. Al caminar hacia el estacionamiento, veíamos patrullas por doquier y sentíamos un barullo que no atábamos de que se trataba, aún y cuando yo sí sabía que había mitin, pero nada imaginaba.

Todo el tráfico se desvió hacia la derecha, hasta que nos condujeron a Paseo de la Reforma y de allí hasta la casa en Coyoacán; durante el regreso solamente platicamos del increíble y novedoso espectáculo de luz y sonido que acabábamos de presenciar. Otras cosas terribles pasaban en esos momentos: la masacre sobre estudiantes, tal vez más ingenuos que yo, o tal vez más aguerridos y comprometidos. Por otro lado, y como siempre ocurre, los líderes corrieron para salvarse y escaparon dejando encaminados a los simples muchachos. Muchos de ellos siguen con su modus vivendi. Injusto.

Después del 2 de octubre, las cosas fueron diferentes en mi forma de pensar, reconocí que se vislumbraban las aspiraciones de otro país, de su gobierno, de su sociedad y de su interrelación. Poco a poco fui minimizando la injerencia de las fuerzas externas a la vida universitaria, no había otro camino para abrir brecha, pero no dejo de lamentar que ese camino fuera el de la vida de miles de estudiantes como yo, que fueron sacrificados. Ellos que aspiraban a un México mejor, cayeron. Mi querido lector, ésta es mi historia, y la dedico a ellos, a 50 años del suceso.


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