¿Qué pasará con Romero Deschamps?

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Carlos Romero Deschamps quiere quedarse como entronizado líder sindical en la tercera alternancia en la Presidencia, aunque sus deseos son poco correspondidos por el próximo gobierno. Al menos intenta resistir con maniobras para afianzar el dominio que mantiene como intocable de la casta divina de Pemex desde hace un cuarto de siglo. Pero, a diferencia de la situación con las últimas cinco administraciones, su permanencia es un auténtico desafío para la confianza en el combate a la corrupción y las exigencias legales de liberalizar el mundo del trabajo.

La presión de Morena para la democratización del sindicato se intensificó en septiembre pasado tras la ratificación en el Senado —por unanimidad— del Convenio 98 de la OIT, que promueve la libertad sindical con garantías para hacer efectivo el derecho de asociación y negociación colectiva. Por primera vez en 70 años —mismos que estuvo congelado el acuerdo—, la cúpula sindical aceptó convocar elecciones en las 36 secciones de la organización por voto libre y secreto.

El Congreso había exhortado a la Secretaría del Trabajo a frenar la elección que se pretendía hacer a mano alzada con nombre y ficha de trabajo en cédula.

Mucho más rápido que anteriores caciques sindicales, como Elba Esther Gordillo y antes Joaquín Hernández Galicia, Deschamps acusó recibo del mensaje, que el propio López Obrador reafirmó el mismo día de los comicios en Pemex al ofrecer una ley para la democracia sindical, sin embargo, las elecciones en varios seccionales se llevaron a cabo sin oposición, con planillas únicas, lo que parece una maniobra y simulación.

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Las estructuras que férreamente controla Deschamps desde la secretaría general y sus allegados en las representaciones seccionales entraron en zona de turbulencia con el cambio de gobierno. Para tratar de conservar su dominio, la dirigencia convocó elecciones apenas el lunes pasado, antes de actualizar sus estatutos, pero Olga Sánchez Cordero anunció que la STPS había llegado a un acuerdo con el sindicato para abrir el proceso y garantizar la secrecía del voto en urna.

El frenazo al “madruguete” que intentó la dirigencia es indicativo del nuevo equilibrio de fuerza. Desde la campaña, López Obrador prometió “acabar” con el cacicazgo en el manejo del sindicato de Pemex, que se ha vuelto símbolo de corrupción y saqueo a la empresa. Entre sus prioridades está rescatarla, ya que sufre una constante caída de la producción y, sobre todo, es el epicentro de una de las actividades más rentables del crimen organizado con la ordeña clandestina de gasolina de sus ductos.

El floreciente negocio del huachicol es uno de los asuntos más explosivos de la transformación de la empresa, además de ser una de las principales causas de la espiral de violencia en el país. Es difícil dejar de advertir la vinculación entre intereses al interior de Pemex y el crimen organizado para explicar que, tan sólo en el gobierno de Peña Nieto, las tomas clandestinas aumentaran 262% y llegaran a 40 mil puntos, según datos de la empresa. ¿Qué tiene que decir el sindicato al respecto? Silencio…

Pero, como ha ocurrido con la defenestración de otros cacicazgos sindicales, el impulso de la democratización en Pemex no llega sólo por reformas legales, sino derivado de la presión política del gobierno entrante. Es loable el reclamo de democracia sindical, siempre que no se traduzca, otra vez, en transgresión a su autonomía para elevar nuevos liderazgos. Por lo pronto, el cambio de gobierno ha supuesto una oportunidad para activar a los grupos disidentes, generalmente aplastados por los mecanismos de control y recursos de la cúpula sindical.

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El objetivo de las nuevas reglas de juego del convenio de la OIT y a las que se obligará al país con el nuevo acuerdo comercial USMCA en materia laboral es desmontar el corporativismo, que tan caro sale a los trabajadores y al país, y no sólo deshacerse de Romero Deschamps para encumbrar caciques amigos. Al menos a eso se comprometió explícitamente López Obrador, a que ya no haya dirigentes promovidos por el gobierno. Veremos…


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