La Democracia es el gobierno de las mayorías… ¿Qué hacemos con las minorías?

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El número de personas pobres en América Latina llegó a 186 millones, el equivalente a 30.7% de la población, según las cifras disponibles de 2017. La pobreza extrema afectó a 61 millones de personas, el equivalente al 10% de la población. Sin embargo, de acuerdo con las estimaciones de la Cepal, los niveles de pobreza y pobreza extrema presentaron reducciones a nivel regional entre el 2002 y 2014. Destaca el periodo de 2002 a 2008, con una reducción de personas en niveles de pobreza de 233 a 187 millones y de 63 a 53 millones en niveles de extrema pobreza a nivel regional.

No obstante, entre 2015 y 2016, las cifras regionales mostraron, de nuevo, incrementos preocupantes en dichos niveles. Esto se reflejó en un aumento de 10 y 8 millones de personas en situación de pobreza, respectivamente, así como en un aumento de 6 y 7 millones de personas en situación de extrema pobreza durante esos dos años.

Las estimaciones sobre desigualdad a nivel internacional indican también un incremento en todas las regiones del mundo. Como indica el Informe sobre la Desigualdad Global 2018, publicado por el Laboratorio sobre la Desigualdad Global, “el 1% de mayores ingresos a escala global recibió el doble de ingresos que el 50% más pobre y la participación del 1% más rico en el ingreso total tiende a ser mayor en los países latinoamericanos que en los países desarrollados de diferentes regiones del mundo”.

Recientemente, la Cepal publicó el estudio La ineficiencia de la desigualdad, que asevera que la desigualdad no sólo es ineficiente, sino también insostenible. Este fenómeno nutre patrones de funcionamiento institucional y cultural que no promueven la productividad ni la innovación, sino más bien refuerzan las desigualdades y, en última instancia, las incorporan en las relaciones sociales como algo aceptable y —peor aún— las reproduce en el tiempo.

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La igualdad, la democracia y la economía son fuerzas complementarias que se apoyan mutuamente. Por ello, en dicho estudio se señala que es fundamental apuntalar el fortalecimiento de instituciones igualitarias vis a vis instituciones excluyentes.

Urgen instituciones igualitarias que promuevan el desarrollo de las capacidades del conjunto de la población, que amplíen oportunidades, que impidan cualquier índole de segregación o discriminación, que disminuyan las asimetrías en el poder económico de los actores y, de manera especial, que garanticen el ejercicio pleno de los derechos de todos los ciudadanos en democracia.

El desencanto, el desapego y, hasta cierto punto, la indiferencia de los electores con la democracia se sustenta, en gran medida, en los grandes niveles de desigualdad existentes. A ello se agrega la percepción ciudadana de que el sistema democrático está inmerso en un ambiente donde impera la cultura del privilegio. Que los méritos son irrelevantes para avanzar en la vida.

Sin duda, la desigualdad y la pobreza erosionan el tejido democrático, agudizan la falta de cohesión social, incidente en la convivencia democrática y nutren el desencanto con la democracia.

BALANCE

La desigualdad constituye un obstáculo para la plena vigencia de la democracia y el desarrollo en las Américas. La desigualdad no sólo tiene consecuencias económicas, sino también políticas, sociales y culturales. Las sociedades democráticas no pueden afianzarse con la subsistencia de niveles extremos de desigualdad.

La cultura, la política y las instituciones, así como la interacción entre las mismas, influyen en la evolución de la desigualdad. Por ello, es vital el fortalecimiento de las instituciones y de la cultura democrática que permita superar este desafío.

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El pleno respecto a la igualdad de derechos es fundamental para combatir la cultura del privilegio que nutre el círculo vicioso de la desigualdad en todos los ámbitos. Sólo de esta manera podrá abordarse dimensiones tan nocivas como el acceso desigual a la justicia, las barreras en acceso a la educación y la salud, entre otros.


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