AMLO y sus decisiones

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La estrategia de evadir definiciones claras en temas controversiales para el país y caminar hacia las urnas como si el triunfo estuviera asegurado tiene límites para AMLO. Los márgenes para rehuir posicionamientos que agrieten a su amplia coalición y dividan el voto se acortan. La campaña difícilmente será un espacio para “flotar” y ponerse a salvo de propios resbalones que mermen la ventaja en encuestas. A medida que consolida su delantera, crece también la exigencia de respuestas sobre su oferta, promesas de campaña e inquietudes por la forma como gobernaría. Erraría si piensa que el triunfo es ineluctable porque la posibilidad real hace que los factores de poder ya lo miren diferente.

El arte de dirigir la operación electoral con un nuevo discurso alejado de la confrontación sistemática, sin duda, le ha dado buenos dividendos. La denotación de la “guerra sucia” entre sus contrincantes le ha permitido situarse encima del contrapunteo y evitar el desgaste. Cerca de la campaña se refleja en la atracción hacia su candidatura de los puntos que pierden en el último mes de ataques y descalificaciones tanto Meade como Anaya. El discurso de “amor y paz” sirve para desactivar viejas críticas sobre el “peligro” de su llegada al poder de sus dos anteriores carreras presidenciales, pero ya es insuficiente si lo reduce a llamados a la calma y pedir que “no se pongan nerviosos” con el futuro de aeropuerto, el TLC y reformas que dividen la opinión, como la Energética o la Educativa.

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Su lugar como puntero le favorece para correrse hacia el centro con un discurso amorfo, donde caben expresiones desde el conservadurismo del PES hasta viejos militantes de la izquierda tradicional, en una suerte de Babel amalgamada por el olor a triunfo; o de inspiración en el viejo modelo “Estado-centrista” del priismo del siglo XX, que podía representar la pluralidad con un solo color dando empleo y dádivas a todos. El nuevo pragmatismo le permite construir una amplia coalición que representa intereses diferentes, aunque los une la exclusión o la expulsión del circuito de poder del PRI-PAN que domina la vida política desde hace dos décadas. Los junta la ira. La inconformidad del voto “antisistema” respecto a la política económica, las reformas estructurales, el achicamiento de espacios o la concentración de negocios y el abuso de poder en pocas manos son un polo de unión, pero la irritación es insuficiente para asegurar la concordia de ánimos, voluntades, dictámenes.

Por eso el mayor reto de la campaña serán las definiciones. Fijar con claridad el significado de promesas y la naturaleza de su oferta, sin devolverse al careo, desdecirse o dejar de diferenciarse en discursos engañosos o vacuos para sostener la red de intereses que ya sostiene su candidatura. El reclamo de las bases políticas de Morena a través del escritor Paco Ignacio Taibo II al empresario Alfonso Romo, uno de los hombres más cercanos a AMLO, por suavizar la posición respecto a la Reforma Energética, es una muestra de las dificultades de conciliar internamente. Pero no la única, también hacia afuera crecen las exigencias —de parte de empresarios o EU por despejar dudas para la inversión y proyectos de futuro— de posicionamientos claros.

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Desde la Convención Bancaria, en el mundo financiero reapareció la preocupación por el reconocimiento de una eventual derrota en las urnas. El discurso conciliador que lo acerca a los empresarios, y sobre todo relajar sus resistencias, también ha mutado por la renuencia a reformas hasta después de dos años de gobierno, revertir otras como la educativa o hacer a un lado la construcción del NAIM.

Hasta ahora ha atemperado su nerviosismo con llamados a la calma y el cabildeo de oreja de su equipo más cercano, pero la exigencia cambia con la posibilidad real de llegar a Los Pinos. Sin entender estas nuevas circunstancias, el regreso a la confrontación será inevitable, aunque de lo que se trate sea de generar confianza despejando interrogantes.

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